Queridos hermanos y hermanas,
queridos hermanos que están participando de esta celebración de Pascua a través de los distintos medios:
Para esto nos hemos preparado, para esto hemos recorrido todo este camino cuaresmal: para llegar a esta noche santa, la noche de la Pascua. Esta es la fiesta —como decíamos en el pregón pascual— que disipa las tinieblas y nos trae la nueva luz.
El signo de la luz, el cirio pascual que representa el triunfo de la luz sobre las tinieblas, es decir, el triunfo de la vida sobre la muerte, es lo que ahora anima toda nuestra existencia.
El anuncio de esta noche, y de todo el tiempo pascual, es claro: Cristo ha resucitado. Esa es la alegría que vivimos, la alegría de todo cristiano. Cada cristiano sabe que tiene un Dios vivo, porque Cristo ha resucitado.
Esta es la clave para entender y vivir nuestra vida cristiana. Como nos dice el apóstol San Pablo: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. Todo tiene sentido desde la resurrección del Señor; todo cobra una nueva vida desde ella.
El Evangelio de esta noche, según San Mateo, nos sitúa en el amanecer del primer día, es decir, el domingo de madrugada, cuando María Magdalena y la otra María —María de Cleofás— van al sepulcro para completar la unción del cuerpo del Señor, que no pudieron realizar el viernes por la premura del tiempo.
Recordemos que Jesús murió a la hora nona, a las tres de la tarde, y debido a la proximidad del sábado —día en el que no se podía realizar ningún trabajo— fue sepultado con rapidez. Por eso, las mujeres regresan para completar este servicio.
Sin embargo, se encuentran con la gran noticia: se produce un gran temblor, el ángel del Señor baja del cielo, hace rodar la piedra —aquella piedra que tanto les preocupaba— y anuncia que Cristo ha resucitado.
El mismo Jesús ya lo había anunciado: “Destruyan este templo y yo lo levantaré en tres días”. Pero los discípulos no comprendían estas palabras hasta después de la resurrección.
Esta es la clave para entender nuestra vida cristiana: no podemos comprenderla sin aceptar la resurrección del Señor. Toda la vida de los apóstoles y de los primeros cristianos nace de este anuncio: Cristo ha resucitado.
Jesús se aparece a sus discípulos porque fueron los primeros incrédulos, los que se alejaron, los que le abandonaron en la cruz. Ahora debían verlo para recuperar la esperanza.
Y ese mismo anuncio es para nosotros: la resurrección es anuncio de esperanza. Nos enseña que no todo está perdido. Cuántas situaciones parecen no tener solución, pero en la resurrección encontramos la respuesta que nos da ánimo y fortaleza.
En el pregón pascual escuchamos que esta es la noche de la gran redención: el Señor, por su resurrección, perdona nuestros pecados, nos libera del mal y nos hace nuevas criaturas.
Por eso proclamamos: “¡Oh feliz culpa la de Adán!”, porque nos mereció tan grande Redentor. La resurrección de Cristo nos redime completamente.
No tenemos un Dios muerto, no tenemos un Dios que se quedó en el sepulcro. Tenemos un Dios vivo, glorioso, que camina con nosotros. Él mismo nos dijo: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Y así como Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos con Él. Esta es nuestra esperanza final.
Después de este tiempo penitencial de Cuaresma, ahora nos corresponde vivir un tiempo de alegría, de esperanza, de redención. Decir con fe:
Señor, por tu cruz y resurrección nos has salvado.
Por tu cruz y resurrección nos das nueva vida.
Por tu cruz y resurrección no perdemos la esperanza.
Este tiempo pascual, que dura cincuenta días, es un tiempo para anunciar diariamente que Cristo ha resucitado. Un anuncio que debe fortalecer nuestra confianza en medio de un mundo herido, marcado por la violencia, la desesperanza y tantas situaciones que afectan la dignidad humana.
Frente a todo esto, debemos levantar la cabeza y proclamar: el mal no tiene la última palabra. El triunfo de Cristo vence y rompe el mal.
Por eso, en nuestra oración pedimos constantemente:
“Líbranos de todo mal”.
De ese mal que quiere apagar la luz de la resurrección.
De ese mal que quiere hacernos perder la esperanza.
Que Cristo resucitado nos conceda su luz. Que este cirio pascual sea signo vivo de esa luz que disipa toda tiniebla.
Que Cristo resucitado anime nuestra fe, fortalezca nuestra esperanza y avive nuestra caridad.
¡Que viva Cristo resucitado!