Hablar de mi vocación es hablar de mi vida, pues hoy no puedo separar la elección de Dios de mi vida. Que ha sido es y sigue siendo una aventura diaria de ilusión, esperanza y mucha misericordia de parte de Él a mi vida. Eso en mi niñez era imposible ya que no podía ni siquiera imaginar que realmente la historia de Dios se podía entrelazar con la mía.
Mi vocación sacerdotal no nació de un momento espectacular, como dice el profeta Jeremías estoy seguro que desde el vientre de mi Madre Dios me miro con amor, pero que en un proceso silencioso, profundo, ha ido creciendo poco a poco en mi corazón. Desde joven sentía algo distinto, una inquietud interior que no lograba explicar del todo, pero que siempre me llevaba a Dios. Y a pesar que intente no escuchar y trazar una ruta diferente no pude huir de Él.
Hubo momentos en los que quise ignorar esa voz. Pensé en otros caminos, en otros sueños, en una vida diferente. En un proyecto de familia, en una aventura diferente. Pero esa llamada seguía ahí, firme, paciente, esperándome. No era una imposición, era una invitación. Y con el tiempo comprendí que decirle “sí” no era perder algo, sino encontrar el verdadero sentido de mi vida, no he perdido nada he encontrado todo.
El camino no ha sido fácil. He tenido dudas, miedos, incluso momentos de soledad. Pero en medio de todo eso, he experimentado una paz que no la puedo explicar con palabras, pues no ha sido producto de esfuerzo alguno ni de ser buena persona sino de un regalo ,una certeza interior que me dice que Dios me ha llamado, que me ama, tal cual soy, no por mis méritos, sino por su infinito amor.
Ser sacerdote para mí vivir, es servir. Es estar cerca de Dios en las personas, acompañarlas en sus alegrías y en sus sufrimientos. Es celebrar la vida desde la fe, anunciar la Palabra de cercanía justicia y amor, es ser instrumento de su misericordia. Cada encuentro, cada historia, cada rostro, me recuerda que vale la pena entregar la vida. Vale la pena vivir en esa actitud que me abre el cielo en cada acción litúrgica y en cada decisión de vida.
Hoy puedo decir que mi vocación es un regalo. Un regalo, un manantial que sigo descubriendo cada día, que me desafía a dejarme llevar hacia quien es el camino la verdad y la vida, pero que también me va llenado profundamente. Y aunque el camino continúa, sé que no camino solo. Dios va conmigo, y se que en la mayoría de veces Él es quien me lleva en sus brazos de Padre y es la luz que guía mis pasos.

Autor: Pbro. Luis Delgado