
Una excelente celebración litúrgica es la Misa Crismal. Es presidida por el Obispo por la mañana del Jueves Santo o algún día cercano durante la Semana Santa. En esta ceremonia se lleva a cabo la consagración del Crisma Santo. Además, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. Estos elementos serán utilizados durante la administración de algunos sacramentos. La Misa Crismal posee un alto valor litúrgico, sacramental y eclesial. A través de esta actividad, la unidad de la Iglesia Particular en torno a su Obispo, que es un punto de inicio de la comunión, se expresa visiblemente.
La Misa Crismal adquiere un primer significado en la persona de Cristo. En efecto, la raíz “Cristo” significa precisamente “Ungido”; en Lc 4,18 se lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido”. Por tanto, todo acto sacramental de unción, proviniendo de Cristo, fluye en la vida de la Iglesia. Los óleos bendecidos, en virtud de esto, no son materiales simples, sino signos eficaces con los que, a través de su acción santificante, el Espíritu Santo dota, robustece y consagra a los fieles a su misión.
La Misa Crismal posee una estructura que abunda en significado. En primer lugar, porque encierra una dimensión cristológica; toda la economía sacramental tiene como fundamento a Cristo, el Ungido del Padre. En segundo lugar, porque posee una dimensión pneumatológica; los óleos son una imagen de la acción del Espíritu que consagra y fortalece a la vez. Finalmente, porque presenta una dimensión eclesiológica; la celebración expone la comunión de la Iglesia diocesana reunida en torno al Obispo y al presbiterio. Schmemann (1987) señala, cuando desarrolla su reflexión sobre la liturgia, que esta es siempre una manifestación de la Iglesia como comunión, y también, es una anticipación del Reino.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que los sacramentos son signos eficaces de la gracia (CEC,1131). En este sentido, los óleos que se bendicen en la Misa Crismal tienen una función esencial en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden sacerdotal y la Unción de los enfermos. El Santo Crisma, en particular, representa la consagración del cristiano y la decisión de participar en la triple misión de Cristo como sacerdote, profeta y rey (Guardini, 1996). Con ello, esta celebración no solo se refiere al ministerio ordenado sino también a la dignidad y la vocación de los fieles.
Desde la perspectiva jurídica, el canónico enfatiza la importancia de la misa crismal en la vida de la Iglesia, haciendo hincapié en el canon 835 §1 que afirma el Obispo es el principal dispensador de los misterios de Dios; el canon 880 §1 que estipula la consagración del crisma por él; y el canon 847 §1 que indica que en la administración de los sacramentos se debe usar el óleos bendecidos lícitamente (código de derecho canónico, 1983); dejando claro que esta liturgia no es solo una devoción sino que constituye una acción litúrgica propia e irrenunciable con la estructura jerárquica y sacramental de la Iglesia.
La Misa Crismal se celebra por tres razones principales: responde a una determinada necesidad sacramental, potenciar la comunión eclesial y permite la renovación por los presbíteros de las promesas tratadas. En dicho contexto, los presbíteros renuevan su compromiso de continuidad de la misión de Cristo buen pastor, en medio del Pueblo de Dios.

Autor: Pbro. Guido Chalaco