Avisos
El voluntariado de San Vicente de Paúl,  conjuntamente con el Padre Capellan llevan a cabo su plan de pastoral en el Hospital Isidro Ayora cuyos ejes a trabajar son los del plan de pastoral dados por la Diócesis de Loja. Read more...
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El voluntariado de San Vicente de Paúl, conjuntamente con el Padre Capellan llevan a cabo su plan de pastoral en el Hospital Isidro Ayora cuyos ejes a trabajar son los del plan de pastoral dados por la Diócesis de Loja. Read more...
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Los motivos qué tenemos los católicos para honrar y amar a María, puede decirse que son tres; su divina maternidad, su virginidad perpetua, y su Inmaculada concepción. Antes que todo, María es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios: Ella fue escogida de entre todas las mujeres del universo por la inteligencia infinita para recibir este honor único y esta singular distinción.

A ella le fue concedida las más sublime, la más sagrada, la más íntima relación con Jesús que jamás se haya otorgado a ser humano alguno: la relación de madre e hijo. Para el perfecto cumplimiento de esa sublime misión, Dios la colmó de sus gracias inefables y maravillas. Por eso es que ella sobrepasa con grande preeminencia sobre todos los Santos del cielo, como la más hermosa, la más bella, y la más digna de nuestro amor y devoción.

Además la actitud de María ante la adversidad es un ejemplo del que podemos aprender mucho para crecer en un valor tan importante como la confianza.

El Catecismo es muy claro al respecto: “Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe”.

La Virgen toma la fuerza necesaria para cumplir su misión de esa confianza plena en el Señor y, por eso, la Iglesia puede llamarla: “la realización más pura de la fe”. Cuántas veces no tambaleamos ante la menor adversidad y nos dejamos llevar por la inquietud, propia del niño que no confía plenamente en su padre.

La vida no es fácil, cierto, pero no la vivimos solos. Ese es exactamente el sentido de la filiación divina, vivir conscientes de que somos hijos de Dios y actuar en consecuencia: “todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

La mayoría de las veces, las cosas no saldrán como las habíamos planeado. A María le sucedió; sin embargo, no hubo reclamo, queja o atisbo alguno de pesimismo, sino confianza en que Dios estaba con ella. Y esta seguridad nace de la entrega a la voluntad divina, de la plena identificación con el querer de Nuestro Señor.

Porque quien mira el mundo con ojos cristianos no es un crédulo que supone que Dios lo arreglará todo, en caso de que las cosas salgan mal. El verdadero cristiano pone todo de su parte para que todo vaya de la mejor manera, pero si en ese proceso surge algún inconveniente, sabe también que Dios dispuso otra cosa y que, por eso, aquellas circunstancias también nos convienen.

Aquí aparece de nuevo el ejemplo de María, quien pone en juego su personalidad entera para el cumplimiento de la tarea recibida, una tarea que de ningún modo le resulta extraña porque la ha hecho suya con base en su amor a Dios, en su abandono a su voluntad.

Por otro lado, es importante darnos cuenta que el mundo ha rechazado a Dios y se está abandonando lenta y pacientemente al pecado. Es como si estuviéramos sentados en una rama mientras nosotros mismos la cortamos. Así que ahora experimentamos las consecuencias. El mundo se autodestruye a causa del pecado y no podemos sacarnos a nosotros mismos de esa situación sin ayuda. Así que la Virgen nos llama a volver a lo esencial en nuestras vidas. Pide oración y conversión, nos dice que Dios existe y que debemos regresar a Él. Solamente en Él encontraremos nuestra libertad.

 

 

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